Lauri caminó por un pasillo guiado por el aire de un minué. Hizo cincuenta metros y desembocó en un salón pintado de rojo, iluminado con arañas de bronce y decorado con frisos fin de siecle. La gente que estaba allí tenía al menos ochenta años. Las parejas se tomaban de las manos o se movían abrazadas al ritmo de la melodía. Mujeres con hombres, mujeres con mujeres y hombres con hombres, arrugados, frágiles, miopes y vestidos con sus mejores ropas de juventud. La cara del pianista parecía una calavera con unos pocos pelos blancos y sus manos lentas eran un poco más que los huesos de un esqueleto unidos por el pellejo amarillo. Lauri dió un paso atrás y se quedó observando desde el corredor. Una camarera servia champagne y guindado. En un sillón cercano, una mujer de piel estirada y labios pintados besaba en el cuello a otra que tenia el cabello tenido y los hombros salpicados de manchas. Mas allá un hombre de de bigotes como manubrios caminaba doblado y flaco como un alfiler de gancho y molestaba a los bailarines. Alguien lo apartó bruscamente y una mujer con los pechos caídos hasta la cintura fue a buscarlo y lo sacó de la pista de una oreja. El minué se encadenaba sin solución de continuidad y a Lauri le pareció, de pronto, que los ojos angustiados del pianista se agarraban a los suyos con desesperación. Entre las caras estragadas creyó ver la de un hombre calvo y pequeño, pensativo, que no parecía saber adónde iba, pero también vio la suya, como en una foto trucada o retocada. Parece que soñara todavía ¿verdad? dijo a su espalda Florentine y pasó una mano sobre los hombros de Lauri. A mi me asustan dijo él. Llevan mucho tiempo juntos. Se aman y se odia y podrían matarse entre ellos por algo que quizá piensen pero no pueden decir. Lo más conmovedor es que todavía sueñan, aunque ya no se hablan. Se han dicho todo lo que tenían que decirse, pero siguen viniendo para estar juntos, para hacer la cuenta de los muertos, de los desertores, de los fracasados. A veces traen una noticia esperanzada. El pianista es el que soñó el suelo más hermoso, pero despertó antes de saber cómo terminaba. Le dicen el Hombre de la Utopía Inconclusa y es el preferido de Michel. El es creador del minué sin final, una pieza que abarca todo y no conduce a nada pero que los hace felices.
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