domingo, 24 de diciembre de 2023
Federico Jeanmaire. Darwin o el origen de la Vejez
Federico Jeanmaire
Darwin o el origen de la vejez
Pàg. 71. Dixit
Y tampoco quiero seguir pensando en Darwin: resulta bastante ordinario que el origen de la vejez del hombre que mató a Dios sea un viaje o la propia decisión de casarse con una buena mujer. Parece una broma de mal gusto.
En la Pág. 94 se encuentra una oda al cuidado del planeta. La teoría de la selección natural asesinó a Dios, al creacionismo.
Nietzche, quizás el primero en darse cuenta de que Darwin había asesinado a Dios unos años antes, afirma que el conocimiento implica siempre cierta violencia sobre la naturaleza. Los seres humanos conocemos para transformar asegura Nietzche, lo hacemos para modificar a nuestro favor o a nuestra imagen y semejanza aquello que acabamos de conocer. Lo demás es lo demás. Y no nos interesa. Nos aprovechamos de la naturaleza. Con afán. Y sin el menor de los escrúpulos. Hoy Dios continúa muerto. Bien muerto. Sin embargo, ya no acontece que violentar a la naturaleza constituya una suerte de deporte humano que provoque aplausos. Sabemos que hay que cuidar de ella y que buena parte del éxito de nuestro futuro como especie, está ligado a conservar al planeta.
Pág 98.
La vuelta es mucho más rápida que la ida. Suele pasar. Creo por un asunto bastante obvio: lo que nos deslumbró en un primer momento, de segundas o terceras nos deja de deslumbrar. Lo de siempre con los pájaros, con Margarita, con Juliana, con María con Ivonne y con Ana.
Pág 101.
Me acerco hasta el océano con ganas de sentarme a descansar sobre una de las rocas de la orilla. Pero no queda lugar. Confundidos con el negro de las piedras, los que me han ganado de mano son los Amblyrhyncus cristatus (iguanas marinas). Entonces me recuesto sobre la arena para no molestarlos. Sin embargo, el lugar que elijo les obstruye el paso que acostumbran hacer desde las rocas hacia el mar. No se enojan. Tampoco se animan a esquivarme o a seguir su camino por encima de mi cuerpo. Esperan. Y la espera los va acumulando, uno detrás del otro entre el mar y mis piernas. Se nota que los mas grandes son mas pacientes. Llegan hasta un punto y se quedan quietos allí. No se mueven ni un centímetro. Los más pequeños en cambio intentan algún movimiento. ¿me respetan? ¿me tienen miedo? ¿O acaso son tan estúpidos como afirmaba Darwin? No lo creo. No creo que sean estúpidos. Me da la impresión que se hacen los tontos y que, incluso, los lagartos adultos están aprovechando el obstáculo que significa mi cuerpo extendido sobre la arena para enseñarles a ser pacientes o a hacerse los tontos a los más jóvenes. La respuesta a mis elucubraciones también está en Darwin: en la lucha por la vida dice Charles, sobrevive y se multiplica más el sano, el más feliz. De mi cosecha solo agregaría el más astuto o lo que es casi lo mismo, el que mejor hace el tonto cuando el enemigo es más poderoso que él.
Pág. 185.
Cuenta Darwin que cuenta Brehm, un afamado naturalista de su época dedicado al estudio de los primates, que muchas especies de monos tienen un pronunciado gusto por té, el café y por las bebidas espirituosas. Y que, además, fuman el tabaco con placer. También que los habitantes del noreste africano cazaban a los mandriles poniendo en los lugares que frecuentaban, vasos conteniendo una cerveza fuerte con la que se embriagaban. Y agregaba que, al día siguiente de las borracheras, parecían encontrarse sombríos y malhumorados, tomándose la cabeza entre las manos y presentando una expresión lastimera, que se apartaban con disgusto cuando se les servía otra cerveza o un vino y lo único que deseaban en la vida era beber todo el jugo de limón que tuviera a su alcance. Estos hechos que cuenta Brehm, concluye Darwin, prueban de manera fehaciente que cuán semejantes son los nervios del gusto en el hombre y en los monos y cuán parecidamente puede ser afectado el sistema nervioso de ambos.
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